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Hospitalillo Dreaming
Por Ivette L. R.
Hace unas semanas, por fortuna, salí de trabajar quince minutos antes de la hora usual para una secretaria (que siempre es a las 5p.m.). Esa tarde había cruceros en el puerto, por lo que las calles sanjuaneras estaban atestadas de turistas. Blancos que vienen, asiáticos que van, isleños de un lado, latinoamericanos de otro, formaban una deliciosa ensalada étnica, digna del más exótico de los restaurantes que forran las calles transitadas del Viejo San Juan.
Caminaba con tranquilidad, pero con cansancio del día. Observaba la cantidad de personas que habitaban las aceras, con la emoción usualmente boquiabierta de los turistas, los flashes de las cámaras dándome razón para sonreír pensando en esa cosa extraña que son los viajeros que pasean por nuestro país con la idea de que es una inmensa playa (lo digo por los que andan sin camisa y sin zapatos, o simplemente sin chancletas) o que es el paraíso que les vendieron los brochures antes de comprar el pasaje del crucero.
Lo cierto es que mi andar era despreocupado. Llegando a la Plaza Colón, me fijo en los camastros improvisados por el Gobierno (aka. Asientos de las Plazas), que utilizan los deambulantes para descansar. Una de las esquinas de esa Plaza alberga a unos cuantos hombres, relativamente jóvenes, que como quien dice, tienen su “habitación” a la intemperie, sólo resguardados por dos árboles bien cuidados y unas cuantas cajas de cartón que encuentran en la basura de los negocios, y que preparan ellos para este fin.
Observo al corillo de la esquina más resguardada por los árboles. Son tres. Hay uno en silla de ruedas, bastante demacrado como los otros dos. Luego de la silla, noto su brazo. Veo que los otros hacen lo mismo que yo, observan. Cuando afino mi lente ocular, veo que el de la silla, en plena Plaza, con turistas para arriba y para abajo, con guardias de seguridad y taxistas, con empleados saliendo de su jornada diaria, niños que sus padres han buscado y regresan de clases de baile, tae kwan do, baloncesto, pintura; cuando me fijo bien, el de la silla, se está puyando.
Justo cuando quiero quitar la vista del brazo del hombre, él se saca la jeringuilla del mismo lugar de donde retiro mi mirada. Pero alcanzo a ver la hazaña. La sensación que me produce es muy difícil de explicar. Recuerdo, siempre logro recordar, la vez que una enfermera novata no me encontraba la vena, una vez que me enfermé cuando era niña. Yo sentía la aguja rozarme la vena por dentro. Una cosa mala, mala.
Ignoro si una situación como la de la enfermera novata ocurra entre los drogadictos. Además, ignoro si cosas como esa les preocupen realmente. Lo que casi podría asegurar es que, a estas alturas, ya NO les importa puyarse en público, como una especie de exhibicionismo de la droga. Un despliegue de técnica “survival” del vicio. Y casi podría asegurar que, lo que solíamos llamar Hospitalillo, va, cada vez más, como ciertos desafortunados animales, en vías de extinción.
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