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No Somos Nadie
Por Claudia Y. Flores Galindo
Dirección: Jordi Mollà
Año: 2001
Género: Comedia
País: España
Guión: Helio Mira, Jordi Mollà y José Manuel Garasino
Producción: Andrés Vicente Gómez
Música: Roque Baños
Fotografía: Néstor Calvo
Montaje: Irene Blecua y Alejandro Lázaro
Dirección artística: Luis Ramírez.
Bien conocemos al amigo inseparable de todo hogar o terruño terrícola, que nos postra frente suyo a tragar poligamias de ideas vacías, anacronías de contenido y una sin igual mediocridad de sentido. Y creemos que lo dominamos, que lo poseemos, con estirar la mano y oprimir botones, es nuestro. Pero señores… si lo prendemos, no lo apagamos.
Eso es la TV. Aquello que alguna vez McLuan, El oráculo de la edad electrónica sin codiciar lo que los medios de comunicación harían por esta humanidad, pronosticó: (sin literalidad, me atrevo a recordar) el televisor, constructor social, generador de sociedad; pero lo subestimó, porque no hace falta ser estudioso de los medios para percatarse del nuevo aire que está tomando en las últimas décadas: destructor de colectividad y degenerador neuronal. ¿Y también se le atribuirá a la globalización?
NO SOMOS NADIE. Perfecta combinación de aberración, para los más conservadores y estrambótica comedia satírica para los demás. Se mete con todos los pintorescos personajes de la TV, máximos responsables del caos mediático. No se salvan ni el hogar, ni la indigencia, ni por supuesto, la Iglesia.
Pero no pretendo hacer una crítica discursiva acerca de los “atentados” diarios a los que nos somete este mass media, a eso ya se han dedicado unos cuantos. Pero, para no ir tan lejos y acabar con el beneficio de la duda, falta ver a Salvador, encarnado por el catalán Jordi Molla que ahora, en su primer largometraje, se mide en 90 minutos frente y detrás de cámaras, a esta parodia atrofiando sentidos.
Es una intención elocuente por dramatizar el conflicto que yace entre la sociedad como productor y la sociedad como espectador. Mezclando el drama y la comedia para lograr una perfecta e irónica crítica televisiva. Molla detalla esa responsabilidad implícita que recae sobre el espectador que, a falta de criterio, elige el contenido del zapping. Pero, a falta de galleta, pan. ¡No hay más que ver! Y es por esto que frente a esa debilidad, la TV empieza a recobrar su sentido social –de la que habla McLuhan-, pero de qué manera…
Un exitoso concurso de opinión y votación es el perfecto escenario en el que Molla, interpretando una especie de mesías salvaje extraído por accidente de los tugurios más penosos y rescatado de las rejas, es convertido en un “todopoderoso” y reconocido “Salvador” de los últimos tiempos. Y así arrastra con todas las consecuencias que implica el renacimiento de este legendario personaje.
“El fin justifica los medios”; todo vale para mostrar una presunta realidad social, a base de situaciones pintorescas. Dicho por el mismo Molla “Nos rodea una irrealidad que, depende cómo la mires, se convierte en cine…” Se le siente un tufillo americanoide disfrazado con acento mexicano y un humor a brocha gorda español. Suele ser una buena combinación para obtener buenos resultados en la edición, en el guión y la banda sonora.
Con cierta impotencia cinematográfica y aires de grandilocuencia, No somos nadie ofrece una nueva propuesta pseudo en todo sentido… es para verla, burlarse negramente y luego sí, como diria McLuhan, construirse socialmente para llegar a la conclusión que No somos nadie.



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