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Ni La Reina Se Salva
Por Myrna Renaud
Fotos Ricardo Alcaraz
Todas las madrugadas, una lagarta carroñera muda su piel después de arrastrarse por el sub-mundo de su imperio. Al alba, su metamorfosis en reina la revela en todo el esplendor de su misoginia, esquizofrenia, racismo y desasosiego. Dicen los sabios de la sanación que somos lo que comemos. La fetidez del discurso real de la monarca en cuestión, nos reiteró el detrito social de estos tiempos.
Sin duda, el histrionismo inigualable de Teresa Hernández (creadora / directora / escritora teatral) cargado de sonidos guturales y rasposos, gestos artríticos y movimiento mordaz; nos provocó la risita nerviosa de sabernos aludidos.
Diez años después de su aparición en la pieza Acceso Controlado, la reina dispone audiencia a sus súbditos, o sea: nosotros, el público que llenó a capacidad las cuatro funciones los días 5, 6, 7 y 8 de mayo.
Su séquito de alcahuetes reales, Javier Cardona (el oficial Ortiz) Lydia Platón (la institutriz afrancesada) y Carola García (el agente secreto) son intérpretes maduros. Estos actores disponen de una gran capacidad transformativa mediante la elocuencia del movimiento.
El guardia chancletero, Cardona, es un esclavo africano que nos mantiene a raya desde el momento en que entramos al Antiguo Arsenal de la Marina Española en La Puntilla.
La institutriz reprimida, Platón, nos impone los códigos de la buena conducta, que incluye mantener las piernas bien cerradas. Es la única con potestad para disciplinar a la reina.
El agente García, con su traje negro de rigor y el rostro incógnito, se esfuma y aparece en la complicidad del silencio.
¡Salve La Reina! integró cuatro nuevos personajes al elenco.
Por su garbo y vestuario, asumí que Jokk “el entretenedor” (Yamil Collazo) era afgano. Resultó ser ruso. Qué pena. Su rol de doble agente inmiscuido en el trasiego de la piel de la reina-lagarta resonaría con el genocidio y paranoia actual hacia las naciones musulmanas. La capacidad actoral de Collazo me conmovió por su dicción, fluidez, caracterización y movimiento.
El hijo del lazarillo (Pedro Sánchez Tormes) y su mujer (Kairiana Nuñez), los insurgentes ciegos cuya hazaña de revestirse con la piel de la reina se había convertido en la misión de sus vidas, estaban como el arroz blanco: en todos lados. A mi entender, Hernández los creó como símbolo y puntal de ideales humanísticos en exterminio. El recurso estructural es tan poderoso, que una secuela exclusiva de ellos con la reina-lagarta, personaje que amerita atención y desarrollo, nos pondría a muchos en primera fila.
La Primera Dama Perdida (Hernández) “se la comió”. Fue la epítome del arribismo, la falsedad y la corrupción. Puso un alto al melodrama tiránico y recurrió a la “güachafita” criolla para presentarnos al alter ego actual de la reina: la princesa cruel e idiota.
En esta producción específica al sitio, el diseño fue tan protagónico como su creadora / directora / primera figura. Se destacaron:
Juan Fernando Morales, diseño de escenografía.
Javier Santos, asistente.
Jerry y Teresa, diseño original (1995) de vestuario.
Freddie Mercado, adaptación / realización de vestuario y ambientación de la entrada.
Eduardo Alegría y José Olivares, diseño de audio.
José “Chelo” Rosario, sonido.
Ariel Cuevas, iluminación.
Ita Venegas Pérez, arte y diseño del cartel, tarjeta y programa.
Miguel Villafañe, fotografía.
El elenco aportó a la escritura teatral, vestuario, utilería, realización de escenografía y boletería.
Viveca Vázquez fungió como asesora de movimiento y Eduardo Alegría como asistente de dirección, musicalizador y regidor de escena.
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La corte descansa. Alerta a los coletazos.






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