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La Ruta Cangrejera Número Tres
Por Myrna Renaud
Fotos Suministradas
Los sitios frecuentados nutren los recuerdos. Esas sensaciones pegajosas, fuertes y vivas en la memoria muscular, emocional e intelectual son el archivo de la nostalgia que, aunque nos negamos a admitirlo por temor a sonar cursi o románticos; las evocamos a diario. En el idioma luso, la palabra saudade atina con vehemencia a describir esa añoranza por lo vivido.
La frontera santurcina entre cocolo y roquero en las décadas de los años ’60 y ’70, aunque definida, era trans-habitada por ambas tendencias. La oferta de fin de semana constataba de guaguancó, rumba y salsa (todavía no había distinción entre la gorda y la romántica, ya que la romántica no se había inventado) en la marginal de la Laguna del Condado y el rock / funk / soul en la discoteca Lunarwalk, en la Avenida Roberto H. Todd, parada 18, justo antes de cruzar el umbral entre la clase obrera y la clase adinerada.
Conga, quinto y tumbadora: escuela del ritmo, pública y al aire libre. Entre mazorcas y cuajito, se aprendía a cantar coro y a seguir la clave; degustando así los manjares para el paladar y el espíritu. El cambio de frecuencia a menudo era dictado por la necesidad de sacudir el esqueleto, ya que en territorio cocolo el terreno era reverentemente cedido a bailadores consagrados. Era un espacio para los talentos consumados, respetado por los neófitos. En cambio en la disco, uno se podía apelmazar a la masa de cuerpos espásticos que contoneaban y sacudían extremidades en o fuera del ritmo. Eso allí se permitía. El juego consistía en “bajar” de la marginal al Lunarwalk cuando la rumba descansaba y de “subir” del Lunarwalk a la marginal para refrescarse.
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