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“No somos cojos, sino cojudos”
Marién Vélez Rodríguez
Aplaudir ante la llegada de la nueva pierna ortopédica es la actitud. En Planta 4ta (2003), con la cámara a la misma altura de una silla de ruedas, y en planos medios, nos acercamos a los personajes que encarnan las ganas de vivir de unos jóvenes pacientes de cáncer. El coraje bien apuntado, el humor y el apoyo son las herramientas que estos chicos utilizan para combatir un cambio de vida muy abrupto y violento para cualquiera. Estar enfermo trastorna, marca, aplasta. Ellos, quizá por su juventud, quizá por su madurez precoz, provocan mejores circunstancias de vida para ellos mismos. Viven de espaldas a imposibilidades. Juegan a poder hacerlo.
Desde la planta cuarta (traumología), los personajes de cabeza rapada se adecuan a lo inevitable; saben que es su mejor opción. Coleccionan pulseras de cada una de las operaciones y clandestinamente se toman rayos x con gesto de repudio bien humorado, transformando sus vivencias a una más amena. Cada tanto, son interrumpidos por alguna enfermera que pretende cambiar las sábanas, traer comida, sacar sangre, proporcionar medicamentos periódicamente. Ellos están bien cuidados en estos términos, aunque dentro de la población de médicos existe un grupete que trastornan sus deseos de vivir y violentan su salud emocional. Ellos, simple y sencillamente no están dispuestos a caer en el melodrama, sino que comprenden su situación con gran madurez y se acompañan en su batalla contra la angustia.
Tienen sentido de pertenencia del hospital y de sus pasillos nocturnos desolados. Combaten contra la pesadez de tenerse que explicar. Cuando cae la enfermedad terminal puede que pese más el saberse diferente y potencialmente incapaz. Ellos sólo quieren ser en la diferencia; en una diferencia sana, normal. Tienen demasiado coraje como para dejarse vencer.
Los momentos más preciosos pueden encontrarse en la mirada cálida de Miguel Ángel, personaje principal, quien se asume como alguien invencible. En definitivo, la actuación de Juan José Ballesta (también protagonista de la película “El Bola”) es impecable. En ésta mirada de Miguel Ángel ya no hay inocencia, la vida le ha sorprendido con demasiado. En él se presenta un “niño-adulto” que conmueve por su sabiduría. Ya no hay vuelta atrás ni para él, ni para sus carnales. La expectativa les mantiene vivos.
El filme de Antonio Mercero está basado en la obra teatral “Los pelones” de Albert Espinosa. En el espacio en cuestión abunda la iluminación difuminada, los colores pasteles, la luz de caída lenta (sin una relación “sombra-luz” ruda). Esto suele darse en secuencias donde se desea subrayar la inercia, el espacio frío, triste, tranquilo; y se deja las intensidades al arte de la trama (en esta ocasión una que produce “piel de gallina”).
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